domingo, 15 de enero de 2017

Creatividad - Conocimiento - Negocio. BAR-CEL-ONA (Primera parte)

¿Creatividad o Conocimiento? La pregunta es un navajazo en el vientre del sistema educativo. Un clamoroso delito de apropiación indebida del lenguaje. La “nueva educación” se adueña de todo lo que suena agradable (“imaginación”, “creatividad”...)  y asigna al enemigo, el aprendizaje tradicional, todo lo que suene desagradable (“esfuerzo”, “sacrificio”, “memorización”...). Guerra sucia, pero todo vale cuando hay muchos millones de euros en juego en negocios y chanchullos educativos. ¿Acaso se creerán los gurús de la “nueva educación” tan intocables como los Pujol Ferrusola?

La sociedad (aparentemente) exige que la escuela deje de transmitir conocimientos y pase a ser un potenciador de creatividades (sea lo que sea esto). Además, por lo que parece, los profesores no tenemos ni idea de creatividad. Es más, somos sus máximos enemigos. Matamos la creatividad de los niños como el Fairy se come la grasa de los platos.

El mayor ejemplo de éxito creativo puro que conozco es el de Barcelona. No me refiero a la ciudad, sino a la palabra “Barcelona”. Hoy en Antididáctica, analizamos el fenómeno creativo “Bar-Cel-Ona”.

Todo sucedió en 1978. Un joven hippy valenciano, Javier Mariscal, llega a Barcelona. Hablamos de la Barcelona de los setenta, la que vivía en un momento de ebullición cultural irrepetible: La de la “Nova Cançó”, del “Nuevo Teatro”, la que atraía a escritores latinoamericanos como Vargas Llosa o García Márquez, la de Carlos Barral, Gil de Biedna, Félix de Azúa, Terenci Moix...

En  aquella Barcelona Mariscal conoce a gente como Nazario (autor de la adorable Anarcoma, Nazario aquel maestro de Sevilla que un día se presentó en clase con las uñas pintadas), Ocaña, los hermanos Farriol, Onlyou...  y entre todos montan una comuna hippy en la calle Comercio, en la que editan su fascine “El Rrollo Enmascarado”. Clandestinamente, sin ordenadores ni modernas impresoras, sin un puto duro, pero con muchísimas ganas de hacer, dibujar, contar historias nuevas.

Xavier Mariscal aporta (entre otras muchas cosas) sus dibujos, sus cómics, como los Garriris, unos personajes de trazo alegre y desenfadado.


Un buen día de 1978 Mariscal descubre que la palabra “Barcelona” tiene rollito. Da juego. Todo el mundo sabe lo que significa “Bar”: Lugar de copas, de ocio, de fiesta. Alcohol y alegría. Sabe también que en catalán “Cel” quiere decir cielo, azul y precioso, luz y color. Pero ¡Qué pena! Mariscal no sabe suficiente catalán. No sabe que “Ona” en catalán es “ola”, ola de mar, playa y chiringuito.

Xavier Mariscal tiene delante de los ojos el mejor gancho publicitario para la proyección turística de la ciudad: La propia palabra Barcelona cuyas letras agrupadas en una estética matriz 3x3 representan todo lo que la ciudad de Barcelona quiere ofrecer al mundo: “Bar”, “Cel” y “Ona”: Bares, sol y playa. ¡Y encima en catalán!. Una insignificante partícula cognitiva ("ona") separa a Mariscal del éxito profesional más importante de su vida.

Y mientras tanto, millones de personas que viven en Barcelona y sí saben catalán, y que por tanto conocen perfectamente el significado de estas tres palabras, tampoco prestan la más mínima atención a este hecho. Es más, lo consideran una auténtica chorrada. No son suficientemente creativos, digámoslo así. En las escuelas no recibían ningún tipo de educación creativizante y creativizadora.

¡Qué emocionante! Por un lado, un creativo que no sabe suficiente catalán. Por otro, millones de catalanes que no son creativos. Y en juego una camiseta que vale millones en el mercado publicitario. Esto pasa en América y ya habrían hecho una película.

Y en un momento dado ¡por fin! Mariscal descubre que “Ona” quiere decir ola. Y le añade color y dibujo al conjunto de las nueve letras, diseña la camiseta Bar-Cel-Ona que le hace millonario, y le permite montar su propio estudio de diseño.


Años después eligirá un personaje secundario de los Garriris, un humilde perrito minimalista, al que pondrá erguido, llamará Coby, y presentará como propuesta de mascota oficial para las Olimpiadas de 1992. Ganará el concurso y, Xavier Mariscal, aquel hippy de la Barcelona de los setenta saltará a la fama y el éxito mundial como diseñador. Cómo se sentiría de poderoso si hasta se atrevió a llamar enano al mismísimo Jordi Pujol.

Le llovieron proyectos de diseño de todo el mundo. Xavier Mariscal se hizo de oro gracias a la creatividad.

Actualmente Xavier Mariscal está arruinado. Con todas sus posesiones ambargadas por Hacienda, a sus sesenta y tantos años vuelve a no tener nada. A ser aquel hippy de los años setenta y ochenta. Es encomiable el buen humor y alegría que pese a todo transmite.

El próximo domino, la segunda parte.

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