viernes, 18 de mayo de 2018

De maestro a alpargatero


Una vez normalizada la lengua catalana gracias al trabajo de Pompeu Fabra, en 1918 tocaba a las escuelas catalanas ejercer su función de ser un transmisor de conocimientos, y por tanto de transmitir la lengua (las dos lenguas) a todos los niños y jóvenes catalanes. La escuela como transmisor de conocimientos, de todos los conocimientos sin excepción.

Pero empezó la pedagogía. Y ciertos maestros se hicieron "pedagogos", y empezó la "guerra pedagógica", entre "nuestros pedagogos" y "vuestros pedagogos", y el moco pedagógico se fue extendiendo sin límite.

En el siguiente artículo, de la "Veu de Catalunya" del 18 de mayo de 1918, hace exactamente cien años, encontramos todos los elementos de una guerra político-pedagógica en la que seguimos viviendo cien años después.

"Nuestros" pedagogos contra "vuestros" pedagogos.
Nuestros pedagogos de la "Assemblea de mestres nacionals catalans" contra vuestros gobernantes con "vuestra ineptitud pedagógica" imponiendo el castellano.
Nuestros pedagogos, que no son políticos, que no son "separatistas".

Y cada vez más pedagogía, más y más pedagogos, de uno y otro bando, para una guerra que no ha acabado.

Las víctimas de esta guerra fueron (son) maestros y alumnos, como aquel pobre maestro castellano que fue destinado a Cataluña y no hablaba el idioma de sus alumnos, que acabó dejando la docencia y se hizo alpargatero, Como aquellos niños que no hablaban el idioma de su maestro, niños que así no salieron de su analfabetismo.

Y con esta guerra medraron los políticos, que se alegraron del conflicto (qué terrible frase "...y entonces sí que tendremos que recordar con gusto el caso del maestro...") y medraron los pedagogos, de uno y otro bando, auténticos devoradores de canapés de tortilla de patata. Ninguno ha acabado nunca de alpargatero.






Veus del Magisteri
El català, idioma cooficial en les escoles de Catalunya (IV)

(La Veu de Catalunya, 18 de mayo del 1918, página 9)

El rètol d'aquestes quartilles haurà d'ésser sens dubte un dels principals temes a desenrotllar en la pròxima Assemblea de mestres nacionals catalans que tindrà lloc a la capital de Catalunya. Altres qüestions es tractaran d'interès vital per al Magisteri català, però aquesta de l'ús de la llengua nostra en les escoles de casa deurà ocupar preferència. Així ho suposem, donat que quasi mestres catalans estan d'acord en admetre el gran aventatge que reportaria dita implantació per a l'avenir dels nostres escolars. Si l'Assemblea així ho acorda, com no és d'esperar altre cosa, que decidiran els governants centralistes? Voldran demostrar la seva ineptitud pedagògica imposant altre cop el castellà? ¿No serà una opinió respectable el cos de “referèndum” dels mestres nacionals catalana acordant per unanimitat tal demanda? Aquest acord constituirà l'acte més ferm, de més palesa demostració de ço que venim defenent. Serà una Assemblea de tècnics, de facultatius que ho demanaran, No serà pas cap polític, cap indocumentat dins l'espinosa carrera de la educació; seran com ja hem dit, facultatius la gent que receptaran aquesta medicina per a tractar de curar un mal, l’analfabetisme, que a tots ens avergonyeix.

No vegin els governants de Madrid en la demanda dels mestres catalans separatisme, sinó unió; desig en volguer contribuir a un estat de floreixença que arreu sembla començar i que per llei natural ha de tenir els us fonaments en el conreu de la llengua de cadascun començada en escola. Si a pesar de la petició del plebiscit de mestres catalans continuen imposant-nos el castellà, serà voler que continui en nostres escoles la incomprensió de fins ara entre mestres i alumnes, i llavors si que recordarem amb gust el cas d'un mestre de llinatge castellà que fou destinat a Catalunya i, per tant, mai entès per sos deixebles, i que comprenent-ho així determinà plegar d’educar i fer-se espardenyer per a passar el temps.

TOMAS VICENS



Bonus Track. Hoy publica el diario El País este divertido video de un abogado americano entrando en cólera al oir hablar español a unos dependientes (Link). Se le acusa de racista. Mi capacidad irónica se ha agotado, lo dejo para otro día.


miércoles, 16 de mayo de 2018

En un huerto de Tánger (La Vanguardia, 14/5/1918)

AL MARGEN DE LA GUERRA

En un huerto de Tánger

(La Vanguardia, martes 14 de mayo de 1918, página 8)

Hace años, en el Norte de África, regresando una tarde del cabo Espartel, nos detuvimos a descansar bajo la sombra de un huerto aireado y frondoso, a las puertas de Tánger. Se celebraba allí una boda moruna, o un bautizo, o no sé qué festejo popular y solemne. Sólo recuerdo que su mayor atractivo consistía en entregarse una gran parte de los invitados al ejercicio pintoresco y violento de correr la pólvora. Nuestro guía indígena era amigo o conocido de los que estaban congregados; y así pudimos, a pesar de ser cristianos y extranjeros, participar de la fiesta. Nos apeamos de nuestras cansadas cabalgaduras, desencogimos un instante las piernas, y miramos bajo la sombra templada de los árboles.

Se hallaba situado el huerto en la ladera de una loma que descendía suavemente basta el mar. Entre los árboles frutales y las bajas parcelas de plantaciones simétricas, destacaban enmarañados manojos de chumberas, zarzamoras y pitas. La tarde era calurosa pero despejada. Al pie de la loma se extendía la franja amarillenta de un arenal costeño. Las aguas del Estrecho brillaban al sol de la tarde, salpicadas de espumas que brotaban de improviso y emergían blandamente, como claros penachos, para fundirse otra vez en el fresco y azulado tumulto del mar. Lejos, medio borrada en el vaho caliginoso del aire, se divisaba la parda costa de España. A la derecha, esparcido en la orilla africana, el caserío de Tánger se iluminaba con los rayos oblicuos del sol declinante, Las azoteas, las cúpulas y los esbeltos minaretes de las torres, albeaban sobre la rosada palidez del cielo o el profundo y dilatado silencio del mar. Entre la densidad de los edificios, del fondo impenetrable de sus patios sombríos, brotaban altos troncos de palmera con las ramas inmóviles, perezosamente extendidas al sol de la tarde, entre un lento revolotear de palomas.

La fiesta se celebraba en la parte baja del huerto. En torno de una explanada árida, la muchedumbre moruna formaba una densa valla de albornoces, turbantes y chechias, confusamente agitada y revuelta. Sonaban flautas, zampoñas, rabeles, y un redoblado rumor de tambores con acompañamiento de castañuelas o platillos metálicos. Y en el interior del cuadro, montados en corceles veloces que se encabritaban y retorcían furiosamente, los corredores de pólvora disparaban sin cesar sus carabinas y espingardas, galopando de un cabo a otro de la explanada, a rienda suelta, entre alaridos frenéticos y nubes de polvo.

Mas no fue el espectáculo, con ser para nosotros tan nuevo y vistoso, lo que nos sorprendió entonces y lo que recordamos ahora. Fue un personaje singular que hallamos en el huerto, y que se encontraba completamente alejado del tumulto. Para no turbar con nuestra presencia la intimidad de la fiesta, estuvimos mirándola desde lejos, en lo alto de la loma, sentados bajo los árboles más frondosos del huerto. Y allí, junto a nosotros, acurrucado en el suelo y con la espalda apoyada en el tronco de una vieja encima, vamos a un moro que estaba contemplando la fiesta con el recogimiento imperturbable y sereno de un dios. Aparentaba unos cuarenta años. Estaba envuelto en un amplio albornoz de lana blanca, limpísima. El capuchón que traía no dejaba ver más que el severo perfil de su rostro moreno, sus cejas negras y arqueadas, sus grandes ojos melancólicos, la comisura de sus labios y el ensortijado espesor de su bigote lacio y su barba saliente. Tenía las manos recogidas entre los pliegues del manto, las piernas cruzadas y los pies escondidos a la manera habitual en su tierra. Su expresión era sosegada, dichosa, de hondo e insensible bienestar. Lo único que cambiaba en su rostro era la dirección de su inteligente mirada. Sus ojos oscilaban siguiendo el azaroso tumulto de los escopeteros. Y de cuando en cuando con un gesto pausado, espacioso, se llevaba a los labios un vaso de cristal que tenía dejante, sobre el susto, lleno de agua perfumada con una hoja lustrosa de menta. Rozaba únicamente la bebida, dejaba el vaso y volvía a mirar.

La baraúnda de la fiesta era horrible. Todos gritaban, danzaban, se estrujaban y se enfurecían. Entre los espectadores se levantaban interminables disputas sobre la excelencia de los caballeros. Cada cual tenía su partido predilecto y ponderaba las excelencias y habilidades de unos u otros. Varias veces pareció que la fiesta iba a terminar con una pelea general, atropellándose todos y corriendo la sangre en vez de correrse nada más que la pólvora. Era una tempestad de aullidos, gritos, interjecciones, apostrofes, gestos desaforados y amenazas... Sólo nuestro vecino permanecía inmóvil. No es que estuviera absorto, divagando, perdido en pensamientos íntimos y desinteresado de lo que ocurría en el huerto. Era evidente, por el contrario, que no perdía un solo detalle de cuanto pasaba. Veía más sin duda que los partidarios mismos, porque los abarcaba a todos. Sin embargo, lo único que ejercitaba era su inteligencia. Los gestos y gritos no le interesaban por sí mismos. Es posible que, de estar enfrascado en la fiesta, no habría podido distraerse al impulso de vehemencia general. Pero alejado de ella, recostado contra el tronco de un árbol y en lo alto de la loma, su vasta mirada resumía como una lente diáfana, no sólo el trajín pasajero del escandaloso festejo, sino además la honda suavidad del paisaje.

Terminó la fiesta. Todos fueron saliendo del huerto. Las aguas del Estrecho se teñían de tintas violáceas y cárdenas. La costa de España se esfumaba en la sombra. Sobre el caserío de Tánger se extendía la neblina acuosa del crepúsculo, impregnada de relente marino. Nos levantamos para recoger las cabalgaduras que andaban paciendo. Partimos. En la soledad del huerto sólo quedó el desconocido, en su actitud inmóvil, con el vaso de menta a sus plantas y los ojos perdidos en la borrosa y desierta lejanía del mar.

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El recuerdo de aquel hombre me ha acompañado después innumerables veces, a través del mundo. Su actitud representaba, para mí, una modalidad esencial del espíritu humano. Y cada vez que he debido sumergirme en el torbellino dionisíaco de los sucesos e intereses cotidianos que nos preocupan necesariamente, sin que podamos evitarlos, he recordado con encanto la posición serena, comprensiva, apolínea por excelencia, de aquel moro que hallamos sentado en un huerto de Tánger. ¿Qué es preferible, participar directamente de la baraúnda mundanal o contemplarla de lejos con inteligencia? Más que a causa de sus diversidades étnicas e instintivas, los hombres podrían dividirse en dos clases perfectamente distintas según la respuesta que dieron a aquella pregunta. La vida diaria, la que todos estamos obligados a llevar con esfuerzo, es por necesidad un tumulto, una conflagración constante de tendencias opuestas, inmediatamente irreductibles, que solo se resuelve con la restrucción de unas por las que logran dominarlas. En esta algarabía fatal de lo cotidiano, debemos forzosamente opinar, esto es, tomar partido, renunciar a la armonía comprensiva del conjunto para hacemos activamente partidarios de una de sus fases, la que nos parece mejor y más afín a nosotros, o más conveniente a nuestras necesidades momentáneas pero imperiosas. Luego, con el tiempo, todo se resuelve en una unidad definitiva, en una resultante histórica, y los partidarios opuestos de hoy quedaríamos asombrados si pudiéramos ver cómo se armonizarán mañana nuestras irreductibles contrariedades.

El espíritu dionisíaco es el que goza en la confusión dinámica de los mil incidentes pasajeros que integran la actualidad de la vida, apasionándose por ello- y poniendo su esfuerzo para que triunfen. El espíritu apolíneo es el que tiende a recrearse en la pura y desinteresada inteligencia de los sucesos, con vistas a su cristalización superior y definitiva en el seno de la eternidad. Ambos espíritus son necesarios, sobre todo el primero. Sería tan absurdo imaginar una humanidad compuesta únicamente de espíritus contemplativos, inmovilizados en su propia serenidad, como sería lamentable un mundo formado tan sólo por seres agentes, ebrios de inquietud y de interesado delirio. Unos y otros se necesiten y se compenetran. Y para que pueda haber uno de solo de esos raros espíritus que saben mirar, es necesario que exista una multitud enorme e informe de los que brincan y se retuercen entre las salvas ensordecedoras de la escopetería.

La mayoría de los hombres se inclina, por tendencia natural, hacia esa segunda modalidad de lo dionisíaco. No es de extrañar que, en nuestros días, los pueblos beligerantes estén por completos absorbidos en la actividad ciega y nerviosa que les comunica su propio instinto de conservación. Puesto en su caso, lo raro sería que hombre alguno no hiciera lo mismo. Pero lo más significativo es que hasta los neutrales adoptan, no por necesidad sino voluntariamente, una posición espiritual idéntica. Diríase que lo más propio habría sido dada su abstención forzosa que los neutrales se mantuvieran en la actitud apolínea y serena de un contemplador. Esta actitud no significa desinterés, ni ironía, ni ausencia de opinión personal. El moro que contemplaba la fiesta del huerto de Tánger, denotaba sentir un interés vivísimo por todos sus lances, no se burlaba ni por asomo de los escopeteros y hasta es de presumir que sintiera profunda simpatía por alguno de los bandos y que deseara con toda el alma su mayor lucimiento. Mas por encima de esas particularidades ponía su deseo supremo de inteligencia pura, su interés insuperable de ver claro y de comprender e interpretar exactamente lo que veía: y esto era lo que lo realzaba y distinguía con tanto relieve entre la turbamulta confusa.

Las gentes neutrales (y España es un modelo ejemplar bajo este aspecto) no hacen eso. Han visto la conflagración e inmediatamente han tomado partido por unos u otros, sin contar que sus apreciaciones son absolutamente superfluas. Oyeron gritos, y en seguida se pusieron a gritar con más furor que los mismos interesados en el griterío. Al sacarse las zamponas, ellos sacaron gaitas; y al redoblar los tambores, ellos aporrearon bombos. Parecen los propios dueños de la fiesta: nadie discute tanto como ellos, ni se desgañita tanto, ni conoce con más perfección el programa, ni protesta con tanto denuedo, ni brinca y se retuerce oon un furor semejante. Los mismos interesados se asombran de verles y oírles, de sus comentarios, de sus apasionamientos, de sus estridencias y meneos. Y lo más chocante es que nadie sabe por qué están en la fiesta, pues ni conocen a la novia, ni fueron invitados, ni han de sentarse a la mesa cuando llegue el momento del anhelado banquete.


Todo este estruendo debe ser necesario, sin duda, porque contribuye a desarrollar las circunstancias que han de producir la resultante final. Mas no olvidemos nunca que el torbellino dionisíaco no es más que el ritmo de los elementos pasajeros cuando están en ebullición creadora. Todos ellos se olvidarán para siempre una vez terminada la obra. Esta, el elemento esencial, será la fusión eterna de las contradicciones de ahora en un molde sereno de inmovilidad apolínea. De las guerras pasadas, de los grandes cataclismos del mundo ¿qué queda? Nada de lo que fue su anécdota rencorosa y su trivialidad turbulenta. De aquellos grandes hechos que en su día también despertaron convulsiones tan vastas y complicadas, sólo tenemos la simple y sintética imagen que dejaron en el cristal enternamente límpido y sosegado de la inteligencia. A través del tiempo, de la guerra de ahora no quedará más que un recuerdo comprensivo, puro, como de los dioses antiguos y de los grandes anhelos que despertaron sólo queda alguna pálida e inmóvil estatua de mármol. De esta guerra sólo se perpetuará lo que de la fiesta moruna de Tánger pudo perpetuarse en el mirar de aquel desconocido que la contemplaba con simpatía y fervor, pero serenamente, a distancia, recostado en el tronco de un árbol.

GAZIEL

viernes, 11 de mayo de 2018

Charnegros

La semana pasada vi la película "El buen maestro". Va de un profesor de lengua francesa en un prestigioso instituto en el centro de París. Es un profesor estricto y exigente, y trata con una extrema severidad a sus alumnos, todos blancos. Un azar de la vida le lleva a pasar un año como docente en un instituto de los suburbios, en las "banlieues" de París, donde todos los alumnos son inmigrantes, la mayoría negros. Al principio su rigidez y sus pretensiones académicas no le generan más que disgustos y conflictos con sus alumnos.


Le pasa de todo al pobre, pero al final de curso acaba alcanzando un buen clima en su clase, una agradable sintonía con sus alumnos, en especial con Seidon, un niño negrito especialmente conflictivo y rebelde, un chaval que obtiene en sus exámenes y en sus dictados las mejores notas de toda la clase. Pero  copiando. Y el profesor lo sabe y le deja copiar, a cambio de tenerlo contento. Fraternité, todo muy fraternal, pero a costa de tirar a la basura el principio fundamental republicano de la egalité:  Una misma educación para todos los ciudadanos, blancos y negros. Cuando ese joven negro crezca y compruebe que su educación de suburbio es un fraude que le impedirá acceder a los buenos puestos de trabajo, que quedarán  reservados para los blancos de la educación estricta y exigente del centro de París, ¿estará allí con él, aquel profesor blanco coleguita? Yo creo que no.

La misma situación la vimos hace unos años en la cuarta temporada de la magnífica serie americana "The Wire", una temporada dedicada a la educación.


Un policía quemado profesionalmente (mató por error de un tiro a un compañero en la temporada anterior) decide ejercer como profesor de matemáticas en un instituto de los suburbios de Baltimore. Y las pasa canutas el pobre con aquellos chavales, todos negros, en un contexto social durísimo. Pero al final se los gana, al final consigue un clima agradable de clase. Y todo porque encuentra en el juego de los dados la motivación matemática que aquellos chavales necesitan: Ganar en las timbas de dados que hay por las esquinas del barrio.


La imagen haría las delicias de todos esos majaderos promotores del "aprendizaje por competencias": ¡Un bonito ejemplo de cómo enseñar matemáticas divertidas en contextos difíciles aplicándolas a problemas de la vida real! en este caso el estudio de las probabilidades de ganar a los dados. Si no fuera, ¡ay! por un detalle: Que es todo mentira. Que la probabilidad, para ser realmente aplicable, requiere de una base teórica terriblemente profunda, sólo accesible después de muchísimo estudio abstracto.

No hay nada que pueda substituir a una buena base cultural, no hay nada que pueda reemplazar una educación basada en la acumulación de conocimientos evaluables mediante pruebas objetivas. Las reválidas son el mecanismo mediante el cual el sistema educativo alcanza la grandeza de ser un ascensor social para las clases humildes.

Nuestros padres, los que vinieron a Catalunya en los años sesenta desde el resto de España, tuvieron siempre muy clara su condición étnico-social y la educación que querían para sus hijos. Querían la educación de los blancos-catalanes para nosotros, sus hijos los negros-charnegos nacidos en Cataluña. Porque querían, por encima de todo, que en el futuro sus hijos pudieran acceder a los puestos de trabajo más dignos, los mismos puestos de trabajo que los blancos-catalanes, los sueldos de los blancos-catalanes y las condiciones laborales de los blancos-catalanes. Eso era lo que querían nuestros padres para nosotros. Qué poca épica patriótica, ¡pero cuanta grandeza humana!

No sé si ha quedado claro que para mí, los charnegos somos a los catalanes como los negros son a los blancos en la tele. Lo explicaré de otro modo: Miras la típica película americana, con la típica familia blanca de clase acomodada con la típica hija veinteañera rubia, que naturalmente encontrará el amor de su vida en un joven negro. Pues tú fíjate en el negro. Seguro que es alto, guapo, elegante, lleva un traje carísimo y el último modelo de reloj de platino, tiene estudios en Harvard y es un solicitadísimo profesional en la abogacía (Ahí es cuando tu madre, que está mirando la peli contigo, dice aquello de "mira que negro tan guapo"). Y tú te preguntarás ¿y porqué ese negro es tan elegante, lleva ese traje carísimo y ese reloj de platino, tiene estudios en Harvard y es un solicitadísimo profesional? Porque es un negro. Porque si fuese un blanco podría ir desaliñado y con tejanos porque tendría que demostrar nada a nadie, pero el negro tiene que demostrar siempre su valía. Esa es la diferencia entre catalanes y charnegos. Ellos no tienen nada que demostrar nunca.

En Cataluña ha habido un único sistema educativo, el mismo para blancos y para negros, es decir para catalanes y para charnegos. En Catalunya la educación no fue nunca un fraude, al contrario, fue durante décadas un efectivo y justo ascensor social. Los catalanes querían un sistema educativo propio, y los charnegos queríamos un sistema educativo justo y exigente, y todos tuvimos lo que quisimos. Todos salimos ganando.

Los mismos exámenes para todos, el mismo nivel de exigencia. El charnego que quería acceder a la Universidad sabía que tenía que aprobar el bachillerato catalán y la selectividad catalana. Y eso llevaba implícito aprender la lengua catalana tan bien como los catalanes, y la historia de Catalunya explicada, naturalmente, desde el punto de vista de los catalanes.

Te pondré un ejemplo de cuando yo me preparaba para la Selectividad, hace ya más de veinticinco años. El examen de lengua catalana era rigurosísimo con la ortografía, y escribir por ejemplo "Pere y Miquel", con y griega castellana, se consideraba un pecado mortal ortográfico, quedar como un paleto. Pero en el examen de castellano, escribir "Pedro i Miguel", con i latina catalana se consideraba un pecadillo sin importancia, era lo que se llamaba un "fenómeno de contacto", que en tu alma castellana iba calando el espíritu del catalán. Casi te daban una piruleta.

Para los charnegos la catalanidad era la lengua catalana, y la lengua catalana era la normativa. El catalán llegó en los años ochenta a los colegios del extrarradio de Barcelona de la mano de una niña llamada "La Norma". Y "La Norma" nos explicaba cosas como que los perros en Catalunya no decían "guau guau" sino "bup bup". Por la normativa.  Y no valía el truco de cortar el final de la palabras, porque un cortado no era "cortat", sino "tallat". Y así todo. En TV3, la televisión pública catalana, ha sido  costumbre graciosísima hacer burla del president charnego Montilla por decir "Bona noch, és un chist". Aunque era mentira y jamás Montilla dijo tal cosa, pero daba igual, porque  él era charnego y como charnego tenía que aguantar la "bromita" del blanco-catalán, como el negro trajeado de la película de antes, que tiene que aguantar con su mejor sonrisa la bromita racista del padre de la novia. Quien algo quiere, algo le cuesta. Cuando en América tenían un presidente negro, en Catalunya teníamos un president charnego.

Pero todo esto es anecdótico. Notas para una Historia Sentimental del Charneguismo catalán que jamás será escrita, porque sólo importa a cuatro nostálgicos de los años ochenta como yo. Lo único que importa es que hubo un único sistema educativo para todos, un mismo bachillerato, una misma selectividad y un mismo sistema universitario para todos. Es la grandeza de nuestros padres, que "sólo" (¿acaso te parece poco?) querían un futuro digno para sus hijos, sin lecturas épicas ni patriotismos baratos. Negros que quisieron para sus hijos negros la educación de los blancos. Mi generación tiene una deuda de gratitud con ellos.

A medida que se va degradando el sistema educativo, a medida que se va agrietando se alzan voces para romper el sistema educativo catalán, que denuncian "adoctrinamiento", que exigen bilingüismo en las escuelas ¿Qué quieren, una escuela para blancos y otra para negros? Es la peor noticia posible  para todos, catalanes y charnegos. No importó un pimiento el bilinguismo ni el supuesto adoctrinamiento durante décadas y décadas, cuando los escaños de Convergència eran codiciados en Madrid para alcanzar mayorías parlamentarias. Todos recordamos aquellas noches electorales tan graciosas, cuando en la calle Génova la multitud pasaba de cantar  aquello de "Pujol, enano, habla castellano" con una previsión de mayoría absoluta, a cantar aquello de "Pujol, guaperas, habla como quieras" al ver que serían necesarios los votos del nacionalismo. El Estado Español vendió barata, muy barata la carne charnega al nacionalismo catalán para garantizar la lealtad del nacionalismo catalán a la cultura del pelotazo y la especulación inmobiliaria en todo España, para consolidar y blindar un sistema político corrupto y podrido hasta la médula. Entonces importaba un pimiento el bilingüismo o el "adoctrinamiento" en las escuelas, porque había dinero y "chollos" para todos. No, nosotros los charnegos no debemos ninguna lealtad ni gratitud al Estado Español, jamás hizo nada por nosotros, debemos gratitud a nuestros padres, que llegaron a Cataluña y quisieron el mejor futuro para sus hijos, y lo tuvieron.

¡Oh, oh! ¿Qué es aquello que se atisba en lontananza? ¡Es el Séptimo de Caballería Español, que viene a Cataluña a denunciar que los catalanes reescriben la historia al gusto catalán! ¡No, la van a reescribir al gusto albaceteño, si te parece!

Sí la inmersión lingüística, no al bilingüismo en las escuelas catalanas,
 (Y sí a las Reválidas)

sábado, 5 de mayo de 2018

Analogías (Cataluña-España-Italia)

Los dos conceptos fundamentales de la matemática griega son la razón (λόγος, logos) y la proporcionalidad (ἀνάλογον, analogıa).

La proporcionalidad ha llegado hasta nuestros días en la "regla de tres" y su alegre cantinela: "Tanto es a tanto como tanto es a tanto". Por ejemplo, Euclides dedica la Proposición 1 del Libro 6 de Los Elementos a la proporcionalidad entre áreas y longitudes: Las áreas de dos triángulos con alturas iguales son proporcionales a sus respectivas bases.

Los alumnos de 16 años catalanes realizaron el mes pasado las pruebas de Competencias Básicas. Y su máximo responsable, el Sr. Joan Mateo Andrés, doctor en pedagogía, con un sueldo de 80000 euros, decidió considerarlas superadas con sólo 2.5 puntos. Gracias a ello, "sólo" las suspenden un 14% del alumnado.  Porque el 37% del alumnado está por debajo del 5, y no es aceptable semejante nivel de fracaso escolar.

¿Y porqué no es aceptable? Porque nos comparamos con España. Porque siempre nos comparamos con España. Porque estamos obsesionados con España. Porque si nosotros hacemos trampas, ellos harán más trampas que nosotros, y para eso tenemos nuestro propio sistema de evaluación del sistema educativo, con nuestro propio máximo responsable, con su sueldazo de 80000 euros anuales, ¡Para hacer nosotros más trampas que ellos! para poner el suficiente en el 2.5 y decir que sólo el 14% de nuestros alumnos no las superan. El 37% no, sólo el 14. Qué cutre todo, qué poco griego.

En Italia, los alumnos de 14 años realizaron el mes pasado la prueba "Invalsi", el equivalente italiano de nuestras pruebas de Competencias Básicas.Las pruebas "Invalsi" para los alumnos de 14 años  son más difíciles  (Link1) (Link2) que nuestras pruebas de Competencias Básicas para alumnos de 16 años (Link3). Eso es una analogía, la repito: Las pruebas de competencias básicas italianas para estudiantes de 14 años son más difíciles que las pruebas catalanas equivalentes para estudiantes de 16 años.

Pero aquí lo importante es compararnos con los españoles, y encima haciendo trampas.


(P.D: Y los estudiantes italianos, además de las pruebas "Invalsi", sí tienen que pasar una Reválida a los catorce años...)

martes, 1 de mayo de 2018

Ariel y la Patria Grande de José Enrique Rodó


Hoy se cumplen 101 años del fallecimiento del intelectual uruguayano José Enrique Rodó.


Su obra "Ariel" (Link), escrita en 1900 con apenas 29 años, es un llamamiento a la juventud de toda América del Sur para caminar unida bajo el paraguas moral y espiritual de la herencia cultural griega. Rodó, consciente del peligro de la creciente influencia del pensamiento utilitarista ("jacobino") de Estados Unidos en América Latina, y para evitar el previsible neocolonialismo yanki una vez acabado el colonialismo español, propone el idealismo griego ("arielismo") como casa común cultural de toda América del Sur.

Este pequeño tratado de apenas cuarenta páginas es un cofre de los tesoros.

Tesoros como cuando Rodó nos advierte que la democracia se degrada hasta quedar reducida a un mero lodazal de mediocridad si los ciudadanos se relajan, abandonan su compromiso ético con la comunidad y se encierran en su burbuja de bienestar individual.

"...Encumbrados, esos Prudhommes harán de su voluntad triunfantes una partida de caza organizada contra todo lo que manifieste la aptitud y el atrevimiento del vuelo. Su fórmula social será una democracia que conduzca a la consagración del pontífice "Cualquiera", a la coronación del monarca "Uno de tantos". Odiarán en el mérito una rebeldía. En sus dominios toda noble superioridad se hallará en las condiciones de la estatua de mármol colocada a las orillas de un camino fangoso, desde el cual le envía un latigazo de cieno el carro que pasa..."

Tesoros como cuando nos deja claro que el papel del Estado como eliminador de diferencias entre ciudadanos ha de estar siempre en el inicio de la carrera del desarrollo personal, jamás en la meta de los resultados:

"...El deber del Estado consiste en colocar a todos los miembros de la sociedad en indistintas condiciones de tender a su perfeccionamiento. El deber del Estado consiste en predisponer los medios propios para provocar, uniformemente, la revelación de las superioridades humanas, dondequiera que existan. De tal manera, más allá de esta igualdad inicial, toda desigualdad estará justificada, porque será la sanción de las misteriosas elecciones de la Naturaleza o del esfuerzo meritorio de la voluntad..."

Ahora que en el sur de Europa volvemos a dividirnos en un sinfín de "patrias", "patrias chicas" y "patrias chiquititas", a atomizarnos en cien mil "ciudades-estado" a merced del inmenso poder de la "Gran Alemania", ahora tal vez sea momento de aprender del pensamiento grande de intelectuales como Rodó, su ideal de "Patria Magna" para América del Sur sirva para Europa del Sur.  Yo es que no me sé explicar, pero qué bien habla un tal Alberto Methol Ferré (link):

[...]Al mismo tiempo que aquí emergen Rodó, Ugarte, Blanco Fombona, García Calderón y muchos otros, Ratzel dice en Alemania: los Estados nación industriales europeos están obsoletos, están liquidados, no sirven para más nada, estamos en el ocaso, salvo que nos unamos y formemos una Unión Europea, o sea, un Estado continental, aunque de distinto tipo que los Estados Unidos. Si armamos un Estado continental sí sobreviviremos; si intentamos ser sólo Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, no serviremos para nada. No tenemos las dimensiones mínimas para enfrentar el ser protagónicos en la historia mundial del siglo xx. Esto lo sostiene Ratzel en la apertura del siglo xx. Europa fue tan decadente y tan burra que necesitó cuarenta millones de muertos y dos guerras mundiales atroces para entender algo que, si Ratzel lo entendió y hubo otros que también. lo entendieron, es que se podía entender. Pero las inercias históricas adquiridas, las soberbias adquiridas, los viejos escenarios, los tics que habían generado las antiguas victorias pero que ya sólo iban a engendrar derrotas en el nuevo escenario, todo eso sobrevivió en forma de una irracionalidad terrible: dos guerras mundiales que fueron el fin histórico de Europa como centro mundial en la primera mitad del siglo xx. Ya Ratzel dice en el 1900 que puede haber un competidor de ese Estado continental nuevo de Estados Unidos y que se abría una era de Estados continentales. ¿Y a quién ve Ratzel como competidor? A Rusia. Ratzel había visto el gran despegue industrial ruso de la última década del siglo XIX. El marxismo, Lenin, etcétera aparecieron en Rusia porque el desarrollo industrial había comenzado en forma muy intensa, localizado en seis u ocho centros. En el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, Rusia superaba el producto bruto industrial francés, era más potencia industrial que Francia. Lo que ocurre es que su gigantismo le hacía conservar el aspecto de un mundo campesino, su industrialización estaba como difuminada en esa inmensa masa. Ratzel dice que Rusia es el único país en condiciones de enfrentar a Estados Unidos, si logra superar su heterogeneidad interna de las múltiples nacionalidades, si acelera su proceso de industrialización. Lo afirma al abrirse el siglo. Los rusos lo aceleraron en tal forma que un día, hace.diez años, tuvieron un infarto y quedaron ahi, por la parálisis que les ocasionó finalmente el Estado burocrático colectivista. En el mismo momento que Ratzel pensaba estas cosas aparecen Rodó, Blanco Fombona y otros, que ven que estos paisitos -Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, Perú, Venezuela, etcétera- frente a los Estados Unidos somos barcos de papel, no somos más nada, no tenemos ninguna posibilidad de protagonismo histórico. Entonces ¿qué hacer? ¿Cuál es la nueva propuesta? El resurgimiento de la "Magna Patria", como le va a llamar Rodó, o "Patria Grande", al decir de Ugarte, el renacimiento de un horizonte latinoamericano. Ése es el propósito del Ariel. [...]

Rodó escribió cosas tan bellas como esta:

"...Para que la mayoría de los hombres no se sientan inclinados a expulsar a las golondrinas de la casa, siguiendo el consejo de Pitágoras, es necesario argumentarles, no con la gracia monástica del ave ni su leyenda de virtud, sino con que la permanencia de sus nidos no es en manera alguna inconciliable con la seguridad de los tejados..."

murió solo y abandonado en un hotel de Palermo el 1 de mayo de 1917.


sábado, 28 de abril de 2018

Pantallas y golondrinas

Los pitagóricos descubrieron horrorizados que la diagonal era  inconmensurable con el lado del cuadrado y todo su sistema filosófico basado en el número entero y la racionalidad se vino abajo. Un siglo después, en el Libro V de los Elementos de Euclides encontramos grandes progresos para superar este espinoso problema que sólo será finalmente superado en el siglo XIX con Dedekind y el manejo de conjuntos infinitos. Los números irracionales son como las golondrinas que anidan en los tejados.


La vida social

(La Vanguardia, 27 de Abril de 1918, página 8)

Un querido compañero me hacía observar que si en Barcelona hay una afición excesiva al cinematógrafo, es porque la gente, sobre todo la clase media trabajadora, apenas si conoce la vida de relación: se cultivan poco las amistades; es reducido el círculo de las familias cuyo trato se frecuenta; se vive casi en el aislamiento, con todas las apariencias de un egoísmo receloso e insociable, y como no sabe la gente dónde pasar el tiempo, cuando hay tiempo para la ociosidad del cuerpo y recreo del espíritu, se recurre al cine, que es un espectáculo baratito y ameno, donde, aparte la atracción sentimental de los dramitas y dramones que se proyectan, hay la del lujo exagerado y cocotesco con que visten las actrices; la de ser las películas un poco pecaminosas; la de ofrecerse a la admiración del público femenino espléndidos salones, los interiores de verdaderos palacios, y además, cabe suponer en la gente un deseo oculto, todavía vago, impreciso. de algo que puede ser la vida social reflejada en la pantalla, tan distante da la modesta vida barcelonesa.
Es decir: se nota un vacío en muestras costumbres; se vislumbran las suaves costumbres de otros países, entre las cuales es la más encantadora el tener muchos amigos, y sin reprocharse cada quien el tiempo que pierde en el cine y que ya es un obstáculo para la vida de relaciones, se hace sentir en el corazón ciert amargura, cierta añoranza, cierto disgusto indeterminado que tiene por causa quizás el propio temperamento.
Es posible, sí, que el cine, haciendo desfilar ante los ojos de nuestro público gentes y paisajes de otras latitudes, costumbres de otros pueblos y especialmente de las clases elevadas, mantenga vivas la curiosidad y la admiración por aquello que es elemental en la sociedad y asequible para todos, cuando hay efusión en el trato y se sabe hacer agradable la vida cada quien en su esfera.
Barcelona ha de crecer mucho todavía y es seguro que se apresurará su desarrollo inmediatamente después de la guerra. Ya se advierten las señales de una evolución interior, profunda, de la vida barcelonesa, que no es ajena al cambio por que ha de pasar toda España, ayer nación pobre, hoy casi rica y en camino de hacerse fuerte y poderosa. Barcelona conserva aún muchas cosas provincianas, porque su transformación en gran ciudad ha sido lenta, normal, como consecuencia del trabajo de sus hijos, y hoy recibe otro impulso del exterior: una riada de oro y de vida europea puede elevarla rápidamente a una más alta categoría. La vida social ha de hacerse intensa; las costumbres son susceptibles de asimilarse nuevos modos, haciendo más exquisita su civilidad, aceptando las formas gentiles de la cortesanía, de la politesse.
Porque —doloroso es confesarlo— cuando se dice que los catalanes somos bruscos impolíticos, descorteses, quizás se exageran nuestros defectos, pero no se nos calumnia. Y esto es el resultado del aislamiento egoísta, de la poca afición a la vida social, fuera por dedicar todo el tiempo al trabajo, fuera por el hábito de la oficina y del taller con por el exceso de celo en la selección de las amistades, que a veces parece desvirtuado por las pretensiones, aparentemente también excesivas.
El espíritu práctico y que se supone en nosotros tan desarrollado, tiene recalcitrantes que miran con demasiado desprecio todo lo que parece superfluo, y entre lo superfluo incluyen lo [ilegible ¿señorial?]. Los buenos modos se separan de los modos exquisitos, creyendo observarse bien los primeros con sólo cambiar los saludos, inexcusables, regla de economía, como el llevarse la mano al sombrero sin quitárselo y el decir ¡Buenas!, que es una forma simple y general para las buenas noches, las buenas tardes y aun los buenos días. Con esto y unos cuantos tópicos acomodados al trato cotidiano, es decir, con sólo los rudimentos de la urbanidad; con dar las gracias en el momento oportuno y pedir perdones cuando se ha motivado una molestia involuntariamente; con el afectísimo seguro servidor del final de las cartas, santos y bautizos, y otra de pésame para los entierros, se consideran cumplidos los compromisos de la buena educación.
Todo lo demás, delicadas expresiones de obsequio y estimación personal, gracia en los modales, discretos, cuidado de parecer agradables hasta a los desconocidos, cortesanía, en fin; eso, para los recalcitrantes del espíritu práctico, son romansos.
Recuerdo una conferencia del querido maestro Lluis Millet, una conferencia que por cierto estaba dedicada a un selecto público de señoras, donde el insigne músico se ocupó un momento del fino trato social, estimándolo también él poco asimilable a nuestro temperamento. -No ens está bé- decía con su simpática bonhomie, -perquè... sembla que fem comèdia!
Es una confesión que no debería hacerse sin rubor. Vivimos en una gran ciudad constantemente visitada por extranjeros, y nuestro patriotismo nos hace desear que Barcelona logre un día competir por sus bellezas, por sus progresos, por su elegancia, por el encanto y gracia de su vida, con las mejores ciudades de Europa. No podemos pedir que se viva aquí como en la masía, porque corren por las calles miles de automóviles, y se levantan expléndidos hoteles, y se gastan millones en modas femeniles y la gente, lo repetimos, siente curiosidad y admiración por las costumbres elegantes y por un trato social más efusivo. No son romansos, sino demostración de cultura; el siglo maravilloso de Luis XIV, cargado de prestigios para las letras francesas, tuvo su iniciación en las reuniones mundanas y en el preciosismo del hotel de Ramboillet y del salón de Mlle. de Scudéry.
Además, la vida social y el fino trato que se deriva de la misma expresión de buen gusto, sentimiento de lo bello y distinguido, no se opone al espíritu práctico. "Para que la mayoría de los hombres no se sientan inclinados a expulsar a las golondrinas de la casa, siguiendo el consejo de Pitágoras- decía el cultísimo José Enrique Rodó,- es necesario argumentarles, no con la gracia monástica del ave ni con la leyenda de virtud, sino con que la permanencia de sus nidos no es en manera alguna inconciliable con la seguridad de los tejados."


Siendo como es muy reducido el círculo de nuestros aristócratas, y conocida la mesura, el seny de las familias acomodadas, no son de temer las exageraciones. No hay cuidado de que, andando el tiempo, puedan disiparse aquí muchas energías en la vida de sociedad y de salón, como en la Francia del siglo XVIII. Ni puede ser obstáculo para que se continúe trabajando fervorosamente, indefectiblemente, la educación refinada, la politesse exquisita.
Pero ésta ha de venir con la mayor sociabilidad de las costumbres, cuando la relación social se extienda más allá del círculo de los parientes, cuando no sea sólo propio de los ricos el hacer y recibir visitas, cuando haya una más calurosa comunidad en todas las clases, en fin, cuando a toda persona honrada le sea más fácil rodearse de amigos y llegue a sentir la dulce esclavitud del ambiente suyo, de tal modo que no pueda ya desprenderse de ese medio cordial sin que le duela la herida de una raíz muy sutil, bruscamente arrancada de su corazón.

JOSÉ ESCOFET

jueves, 26 de abril de 2018

Caso Cifuentes: Cleptomanía y educación.


Ni cinco minutos tardó la Sra. Cifuentes en dimitir. Y todo por robar dos botes de crema antiarrugas en el Caprabo. En esto la sociedad española se muestra intransigente, estricta, rigorosa. Nadie que robe un bote de crema en el supermercado puede administrar miles de millones de euros de nuestros impuestos.

Inútil es que intente alegar "cleptomanía" (“me llevé por error y de manera involuntaria unos productos por 40 euros, me lo dijeron a la salida y los pagué”) Ni caso, ¡a la hoguera con ella!

Y sin embargo repudiamos al profesor o profesora que entiende su asignatura como un ordenado y bonito escaparate de pequeños botes de conocimiento, y exige al alumno que “pase por caja”, es decir, que realice un frío examen final con papel y bolígrafo, a la vieja usanza.

El "segurata" que exige mostrar la bolsa es un profesional en el cumplimiento de su deber. Pero el profesor que exige demostrar el conocimiento es un tirano rancio, anticuado, obsoleto, retrógrado, un torturador. El celo profesional que requerimos en el supermercado es el mismo que aborrecemos en la escuela. Bonita contradicción.

La sociedad no fue tan dura con ella hace un mes, cuando se supo que había obtenido un máster sin ir a clase ni hacer exámenes. Eso no es robar, eso se llama “nueva pedagogía”.