domingo, 18 de septiembre de 2016

El precio de la ignorancia

No nos aclaró Ray Bradbury el porqué, en su novela Fahrenheit 451, se asignó precisamente a los bomberos la tarea de quemar los libros.


Siempre pensé que el autor buscaba el impacto visual de aquellos bomberos armados con lanzallamas invadiendo las casas. Pero tal vez la razón sea mucho más sencilla: Los bomberos, en su anterior misión de apagar fuegos, eran los que mejor conocían los líquidos más inflamables, las técnicas óptimas para reducir todo a cenizas.

Si en el siglo XX se asignó al profesorado la misión de extender y universalizar el conocimiento, el siglo XXI nos asigna precisamente a nosotros, los profesores, la gestión de la ignorancia. Debemos extender la ignorancia, universalizar una cándida y dulce ignorancia infantil a toda la sociedad.

Los gurús educativos nos exhortan infatigables a alcanzar nuevos y sorprendentes niveles de ignorancia. El psicólogo educador Jaime Funes, en una entrevista al diario de Navarra del 15/9/2016 no puede ser más claro:


No se le puede negar el arrojo de estos gurús: "Lo que el niño necesita saber es que su abuelo nació después de Colón". El “abuelo” como nueva medida patrón de la reducción de conocimiento: Está todo lo que pasó antes de mi abuelo, mi abuelo, y todo lo que pasó después. ¡Oh sí! ¡La de cosas que podemos dejar de aprender con esta nueva unidad de medida! España podrá alcanzar los mayores niveles de ignorancia imaginables en poquísimo tiempo. El abuelo es la mejor tarjeta de presentación de este neo-analfabetismo.

Aunque tengo que reconocer que su última frase (“Pero el alumno debe saber es qué era la tiranía”) me chirría, y no sólo gramaticalmente. Es cruel, incluso sádico, enseñar a alguien qué es la tiranía mientras le condenas a la ignorancia.

Porque, no lo olvidemos, la ignorancia genera riqueza. La ignorancia como principal dinamizadora del Producto Interior Bruto (PIB) español. El caso de CASIO y sus calculadoras científicas es paradigmático.


CASIO ha decidido dejar de producir las clásicas calculadoras científicas “fx-82” por una nueva gama de calculadoras escolares “CLASWIZ” a un precio muy superior.

Por ejemplo, la calculadora clásica “fx-82” pasa de costar 9€ a 19.90€. No existe la más mínima justificación técnica para este aumento de precio. Es un flagrante caso de aumento de precio por nicho de mercado esclavo.

Las calculadoras científicas, esas maquinitas negras en forma de tableta de chocolate y  pantalla LCD, inseparables de todo estudiante de matemáticas de los últimos treinta años, son un producto totalmente obsoleto. Nuestros jóvenes, todos nuestros jóvenes, llevan en el bolsillo unas computadoras que sólo por tradición se llaman  “teléfonos móviles” con una potencia de cálculo, una memoria y una potencia gráfica infinitamente superiores a las calculadoras científicas. En el colmo de la desvergüenza, la propia CASIO ofrece instalar un emulador de sus calculadoras (http://www.edu-casio.es/null/118).

Las calculadoras hace tiempo que dejaron de ser el referente de las matemáticas universitarias porque los programas matemáticos de gestión simbólica y numérica se han universalizado y están al alcance de todo el mundo por Internet (Worlfram Alpha, Sage...). Hace años que las calculadoras científicas tienen su sitio en el trastero de chismes matemáticos obsoletos, junto a la regla de cálculo o las tablas de logaritmos.

Y sin embargo, CASIO no sólo las mantiene sino que además aumenta su precio. Porque son unos excelentes gestores de ignorancias. Porque nuestros alumnos, sobre todo en bachillerato, las utilizan como “bastón de ciego” al tropezar con el cálculo mental más básico con cualquier operación con signo, con fracciones o con radicales.

Los nuevos modelos de calculadora, que resuelven automáticamente sistemas de ecuaciones lineales simples, integrales definidas o ecuaciones polinomiales de tercer o cuarto grado no tienen por objetivo el modernizar las matemáticas, sino el de aprovechar y explotan las ignorancias básicas de nuestros alumnos. Es explotar comercialmente las inseguridades de nuestros alumnos que nosotros deberíamos eliminar, no perpetuar.

Que los jóvenes españoles en segundo de bachillerato no se atrevan a calcular 5-3*(-2) sin tirar de calculadora proporciona muchos millones de euros a CASIO. Mantener a nuestro alumnado en determinadas e interesadas incompetencias de cálculo básico es una cuestión de supervivencia para CASIO, y requiere la participación activa del profesorado.

La vergonzosa etiqueta “RECOMENDADA POR EL PROFESORADO. Federación Española de Sociedades de Profesores de Matemáticas” es el sello de calidad que garantiza que el profesorado de matemáticas participa activamente en la promoción y  mantenimiento de las ignorancias básicas del alumnado. Es ponerle letra al himno nacional de la Republica Bananera Española.

En cualquier país civilizado, detrás de esta etiqueta encontraríamos un caso de corrupción. Sobres con billetes de 500€, orgías de sexo y drogas pagadas a los directivos de la FPSPM ¡qué se yo! algo que justificara esta “recomendación”. Sin embargo, nada de esto ocurre. Esta recomendación no es más que pura desidia, pura barbarie. Jamás las autoridades educativas se molestaron en clarificar curricularmente qué competencias numéricas debían o no saber los alumnos. Algo tan simple como especificar qué y qué no se debe saber calcular mentalmente es una tarea que jamás se llevó a cabo. Y como resultado tenemos una juventud española encadenada a una máquina anticuada, y vergonzosamente cara.

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