domingo, 8 de marzo de 2015

El Dr. Gregorio Marañón y la desvergüenza de los editores de libros de texto

Hace unos días llegó a mis manos un libro de texto del año 1933: “Anatomía y fisiología humanas con nociones de microbiología”, adaptado en su tercera edición de 1961 al Curso Preuniversitario del Plan de 1957, el antiguo PREU.

El prólogo a su segunda edición de 1934 es del Dr. Gregorio Marañón


 En el que hace una crítica a la situación educativa de la época:


[...]La segunda Enseñanza, es pues –repitámoslo-, profundamente deficiente en España, y su deficiencia deriva de tres causas fundamentales: 1.º, que no existe un plan de estudios racional, moderno y, sobre todo estable; 2.º, que los padres no se preocupan de que a sus hijos les enseñen bien, sino de que aprueben los cursos; y 3.º, que los maestros, frecuentemente, no son buenos. Si me preguntaran dónde empieza el hilo de esta madeja de desventuras pedagógicas, que enturbia la cabeza de nuestros adolescentes y les hace abominar de la instrucción, contestaría, sin dudar, que en el tercer apartado, en el que los maestros mismos[...]


Resulta realmente perturbadora la rabiosa actualidad de un análisis hecho hace más de ochenta años. Uno no puede dejar de preguntarse si en estos ochenta años, en los que España ha pasado de ser una república a una dictadura y de una dictadura a una democracia, ¿En algún momento ha habido un plan racional, moderno y, sobre todo, estable? ¿En algún momento los padres se han preocupado de que a sus hijos se les enseñe bien? y finalmente, ¿en algún momento los maestros hemos sido buenos?

Aunque queda implícito, el prologuista tampoco nos detalla en qué tiempos pretéritos históricos o mitológicos hubo en España un plan de estudios estable, en el que los padres se preocuparan de que a sus hijos se les enseñara bien, en el que hubiera buenos profesores.

Y es una pena, pues los expertos en educación, didáctica y pedagogía que tanto abundan actualmente, y que uno en su infinita ingenuidad pensaría que están para solucionar esta “desventura pedagógica”, se limitan a enumerar estas mismas causas. Y lo hacen como si fuera la primera vez, como si lo hubieran descubierto ellos. Cuando resulta que están recitando el mismo diagnóstico ahora que cuando Franco hacía la mili (literalmente).

Pero también encontramos algunas diferencias muy interesantes. Una de ellas es el protagonismo que otorga al profesor:

[...]Yo no me canso, por ello, de postular un superdeber heroico a los maestros españoles. Me lo pido a mí mismo y se lo pido a los demás. No esperemos la solución del plan de enseñanza salvador; no achaquemos nuestra ineficacia a la desorganización de los métodos o la pobreza del material y de los emolumentos. La solución de enseñar está, siempre, en nosotros mismos. Si no enseñamos con medios adecuados, podemos suplirlos con el sacrificio, que todo lo compensa y aun lo supera: porque no hay pedagogía que iguale al desinterés y al entusiasmo: y esto es el sacrificio.[...]

La última frase es demoledora: “No hay pedagogía que iguale al desinterés y al entusiasmo: y esto es el sacrificio”. Yo incluso me atrevería a afirmar que la pedagogía es precisamente el vano intento de reemplazar el entusiasmo, la quimera de un aprendizaje sin sacrificio.

Otra diferencia significativa la encontramos en el siguiente párrafo:

[...]Al joven universitario yo creo que no hay que enseñarle nada, sino enseñarle a aprender por su cuenta. Al adolescente del Instituto hay que enseñarle, en cambio, las cosas fundamentales; y en su justa y delicada medida, que, a la vez, le dé el esquema futuro de todo lo que pueda saber y la sensación de sobriedad que azuza el deseo de los conocimientos nuevos. Alimento de calidad plasmática, pues, pero en cantidad tan estrictamente sobria que, lejos de saciar, le deje abierto – y para siempre- el apetito de sabiduría.[...]

Según este prologuista, al estudiante universitario hay que enseñarle a aprender, mientras que al alumno de instituto hay que darle conocimientos. Algo que es diametralmente opuesto al modelo competencial actual,  en el que se le pide al estudiante preuniversitario que razone y al universitario que aprenda (tampoco podemos dejar de tener en cuenta que estamos hablando de un bachillerato totalmente diferente al actual, de siete años de duración y sólo accesible a un reducidísimo porcentaje de jóvenes privilegiados).

Por último encontramos una referencia a la mala calidad en general de los libros de texto (y la exaltación por contraste de la calidad del libro prologado)

[...]Toda la oleada de insustancialidad y de insensatez que representa una buena parte de los libros de texto españoles, hace resaltar más el mérito profundo y singular de los que son buenos, como éste, ya sancionado con los mejores merecimientos por el público de estudiantes y de doctos.[...]

Ya tenemos pues enumerados y identificados los cuatro elementos fundamentales de la educación: El sistema escolar, los padres, los profesores y los libros de texto.

Pero en este último elemento, el libro de texto, el autor nos transmite una emoción excepcional:

[...]Su libro de FISIOLOGIA E HIGIENE, por la energía adquirida, sigue prologando su eficacia en los medios preuniversitarios[...]No me canso de decir que a medida que nuestros estudios avanzan debemos volvernos reiteradamente a las fuentes originales, y que después de un día de labor diferenciada, en una rama cualquiera del saber, hemos de tener, sobre la mesa de noche, el texto breve y elemental en que aprendimos las primeras nociones de aquella disciplina.[...]

El libro de texto es para este prologuista un tesoro, es una fuente perpetua de conocimientos. Por mucho que el sistema sea irracional, anticuado e inestable, por mucho que a los padres  no les preocupe el buen aprendizaje de sus hijos, y por malos que sean los profesores, el estudiante siempre podrá construir sólidamente su edificio de conocimientos si tiene a su disposición un buen libro. En esta época un libro de texto era una cosa muy importante.

Todo esto viene a colación por el artículo del diario El País del 27/2/2015:


Un artículo que empieza así de heavy: “[...]Encended los teléfonos móviles”. Cuando esta sea la primera frase que el profesor diga a sus alumnos al entrar en la clase, en lugar de que los apaguen, el cambio será real.[...]"

El artículo viene a decir que los teléfonos móviles son unas herramientas de aprendizaje fantásticas para nuestros jóvenes, y que nosotros, los profesores españoles, vamos y los prohibimos. ¡Pero qué malos que somos los profesores españoles!.

Un artículo para mayor gloria de la editorial Santillana, la principal editora de libros de texto escolares españoles. No olvidemos que Santillana y el propio diario El País forman parte de la misma matriz empresarial, el grupo Prisa.

Los siete motivos expuestos son, a saber:

1. El alumno lleva toda la información encima.
2. La clase ya no es el único lugar donde se aprende.
3. El profesor sabe usar la tecnología como el alumno.
4. La transformación de la educación con la tecnología tiene tres patas.
5. Los profesores ya no van a cursillos para que les enseñen a usar la tecnología.
6. El gasto público en tecnología crece en los países más avanzados, a pesar de que baja el gasto en educación.
7. En los últimos años, se ha creado la figura del “Coordinador Tec” en los centros.

He de reconocer que a mí estos “siete motivos” me confunden, que no acabo de ver el concepto “motivación” por ningún lado. Bien, la verdad es que no pienso dedicar ni un minuto más de mi mañana de domingo en semejante mierda de artículo, otro ejemplo de logorrea pedagógico-didáctica altisonante para mayor gloria empresarial a costa de pisotear la figura del profesor.

Lo único importante de este artículo es precisamente lo que no se ve, lo que no aparece. Ni una sola mención a los contenidos. La principal editora de libros de textos española no hace la más mínima mención a los contenidos, a producir libros de texto de calidad, a generar buenos contenidos didácticos.

La triste realidad es que los libros de texto actuales son pésimos y carísimos. Y que a nadie parece importarle lo más mínimo, ni siquiera a las propias editoriales, porque las editoriales de libros de texto están totalmente condicionadas por un modelo de negocio bizarro basado en la venta masiva de libros a través de las AMPA de las escuelas e institutos, unos libros de texto de “compra obligatoria” absurdamente carísimos que no admiten la más mínima auditoria de calidad/precio, distribuidos mediante una red de comerciales.

¿porqué los libros de texto no se venden en las librerías de barrio, como cualquier otro libro?

Así como el chimpancé no suelta la rama hasta que ha agarrado la siguiente, las editoras de libros de texto españolas se niegan a hacer el salto al digital mientas no vean un modelo de negocio sólido que les permita mantener este absurdamente elevado volumen de negocio que tienen actualmente, hasta que no se imponga una estructura de licencias digitales a 30 o 40 euros por alumno y año.  Y como esto no sucede, la edición de libros de texto es el único sector audiovisual que no ha realizado aún el salto al digital, que se mantiene en un anquilosado y caduco y obsoleto modelo en papel ("analógico" que dicen los pedantes, yo nunca he visto agujas en un libro), a costa de las pobres espaldas de nuestros alumnos, que tienen que cargar cada día con mochilas absudamente pesadas, y lo que es peor, absurdamente caras. Así pues, la propia industria editorial es la principal causante de que nuestros estudiantes no dispongan de modernos materiales didácticos, no nosotros los profesores.

Sería curioso saber qué pensaría un intelectual como el Dr. Gregorio Marañón si viera la situación educativa actual...


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada