sábado, 17 de junio de 2017

Laura, historia de un amor prohibido.

Se llamaba Laura y tenía quince años. Era la alumna más aplicada, estudiosa y educada de todo el instituto. Y muy guapa, por cierto. Yo pasaba ya de los treinta, y por aquel entonces era su profesor de matemáticas.

Esto ocurrió hace unos quince años en un instituto del barrio de Llefià de Badalona. Yo llevaba unos cinco años como docente en dicho instituto y unos siete viviendo en Badalona.

Un día entraba yo en la sala de profes cuando Laura se me acerca muy seria.

- Se lo tuvimos que decir, profe.

- ¿A qué te refieres, Laura?


- El coordinador entró en clase a preguntarnos en qué idioma nos dabas la clase, en catalán o en castellano, y le tuvimos que decir que tú lo haces en castellano.


En Catalunya nadie entra en las clases a preguntar a los alumnos si el profesor explica en catalán o en castellano. Eso no pasa, por lo que aquella confidencia me dejó totalmente perplejo.

Laura se aleja, y aparece Dolors, la directora del instituto.

- Dolors, mira, que una alumna me ha dicho que habéis entrado en mi clase a preguntar si doy las clases en catalán o en castellano, ¿es eso posible?

- No, en absoluto, qué va a serlo.


Pero en su rostro veo incomodidad, mucha incomodidad. En ese preciso momento vuelve a aparecer por allí la alumna. La llamo. Todo pasa muy rápido.

- Laura, dile a la directora lo que me acabas de decir.

Y Laura se reafirma en lo dicho, que el otro día entró en clase el coordinador pedagógico y les preguntó en qué idioma daban la clase los profesores, en catalán o en castellano.

La incomodidad de la directora es ya palpable.

- Ah, bueno, sería para elaborar la estadística de la “Memoria anual de centre”.

Dicho esto, da media vuelta y desaparece. Si tener que dar explicaciones sobre ese tema a un profesor era muy molesto, hacerlo además en presencia de un alumno era para ella sencillamente inadmisible.

Una de las tareas del coordinador pedagógico era redactar la memoria anual del centro, en la que se dejaba constancia de los usos lingüísticos tanto del alumnado como del profesorado. Vale. Pero en aquel instituto nos conocíamos todos de sobra (por cierto, con un ambiente de compañerismo entre el profesorado era insuperable). Aquella cuenta era muy sencilla: De los ochenta profesores, sólo tres teníamos por costumbre dar la clase en castellano. El resto todos en catalán. Sale un 4% del claustro en castellano y el 96% restante en catalán. No había ninguna necesidad de entrar en el aula a preguntar nada a los alumnos. Porque aquella alumna se había sentido violentada al tener que decir mi nombre, o escucharlo en boca de sus compañeros. Porque aquella alumna había vivido aquello como si hubiera sido obligada a delatarme.

Aquel coordinador pedagógico (no me acuerdo de su nombre) era un profesor de lengua muy catalanista, que no perdía ninguna oportunidad de exteriorizar un suave pero firme rechazo a todo lo que fuera español, en español o de español. Y por increíble que parezca, pertenecía al departamento de lengua... castellana. Como lo oyes. Resulta que de forma totalmente circunstancial muchos años antes había opositado y ganado una plaza en el departamento de castellano. ¡Qué importaba eso! Desde dentro del departamento de castellano también podía ejercer su misión por la lengua catalana  ¿cómo? Pues dando en catalán todos las horas lectivas que podía. Claro que sus compañeros no estaban muy conformes con semejante planteamiento, pues argumentaban que las horas lectivas del departamento de castellano eran para darlas en castellano. Pero contra semejante evidencia él se mantenía firme: el idioma vehicular debía ser el catalán, que bastante español aprendían (sic) todos aquellos chavales en aquel barrio.

El barrio. Esta historia no se entiende sin el barrio, el barrio de Llefià de Badalona. Un barrio 100%  charnego, 100% castellanoparlante. En Badalona el idioma catalán queda para los del barrio del centro, el barrio de los “BTB” (“els Badalonins de tota la vida”). Para profesores como aquel coordinador, el instituto sólo se entendía como una especie de Inxaurrondo lingüístico, un asentamiento catalanizador en un territorio culturalmente hostil. Como uno de aquellos fuertes del Séptimo de Caballería de las películas del Oeste. A los profesores así les llamábamos “los talibanes”. Eran otros tiempos.

Laura era la mejor estudiante del instituto, una alumna de todo excelentes, y charnega. Hija de padres extremeños, merengue hasta la médula, fan incondicional del grupo “Camela”... El resto de la clase eran todos chavales charnegos. Y yo, el profe de mates, más charnego que nadie. Qué quieres que te diga, me sentía tan artificial, tan raro hablando en catalán con aquellos chavales, era tan natural para mí expresarme con ellos en castellano. Insisto que un 96% del profesorado utilizaba el catalán como lengua vehicular, sin ningún problema.

Todo el barrio era charnego. En aquellos tiempos hasta el presidente de Catalunya era charnego. El personaje que hacía de president Montilla en “Polònia”, el programa de sátira política de la televisión pública catalana, se caracterizaba por hablar un catalán corrompido por los castellanismos: “bona noch, ja ja, era un chist”.

Todo esto ya es historia, pero ahora que está ya próxima la independencia de Catalunya, me preocupa que en el futuro no se valore como se merece el tesón de individuos anónimos como aquel coordinador pedagógico, extralimitándose en su deber, retorciendo las directrices profesionales, ora ejerciendo de comisarios lingüísticos entrando en las aulas a interrogar a alumnos, ora reduciendo en todo lo posible las horas de castellano incluso desde dentro de un departamento de castellano, que todo ayuda a la causa.

Pero sobre todo me preocupa que no se valore como se merece la inmensa aportación del mismo Estado Español, en su desidia, en su inanición, en el abandono durante décadas de los derechos lingüísticos de los españoles nacidos en Catalunya, vendiendo al nacionalismo catalán bien barata la carne charnega, y todo por unos miserables escaños de más en los cambalaches post-electorales.

Lo último que supe de Laura es que había entrado en la Universidad de Barcelona a estudiar Filología hispánica. Actualmente ya  habrá acabado la carrera. Espero que en la literatura pueda vivir su amor a la lengua castellana, un amor prohibido en su propia tierra,   forzados a pasar de ser la primera generación de españoles nacidos en Catalunya a ser la última generación de catalanes nacidos en España.

Ayer leí en La Vanguardia que los vecinos del barrio de Llefià recibieron al president independentista Puigdemont con una sonora pitada (link). Me han venido a la cabeza tantos recuerdos... Buena gente aquella.


BonusTrack:
http://mildimonis.blogspot.com.es/2017/06/llefia.html?spref=fb





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